suceso. Peña se
había convertido en un traidor para los seguidores de Chávez, por eso los
ataques con objetos contundentes y ráfagas de disparos al edificio donde estaba
su despacho fueron comunes. Un aspecto cuestionado de su gestión fue su orden
de cerrar Catia TVe.
El 15 de octubre de
2004 decidió no buscar la reelección como alcalde por considerar que
las elecciones regionales de 2004 eran fraudulentas. Después de las
elecciones apareció en Miami donde declaró que no pensaba volver a
Venezuela hasta que se restableciera el estado de derecho.
En 2005 La Fiscalía
ordenó citar a Alfredo Peña para que sea procesado por delitos relacionados con
las muertes de civiles registradas durante el 11 de abril de 2002.
La creencia en la
realidad forma parte de las formas elementales de la vida religiosa. Es una
debilidad del entendimiento, una debilidad del sentido común, y la última
trinchera de los celadores de la moral y de los apóstoles de lo racional.
Afortunadamente, nadie, ni siquiera los que lo profesan, vive de acuerdo con ese
principio, y con razón. Nadie cree básicamente en lo real, ni en la evidencia
de su vida real. Sería demasiado triste.
Pero en fin, dicen
esos buenos apóstoles, no se os ocurrirá desacreditar la realidad ante los ojos
de aquellos a quienes tanto les cuesta vivir, y qué tienen perfecto derecho a
lo real y al hecho de que existen. Idéntica objeción respecto al Tercer Mundo:
no se os ocurrirá desacreditar la abundancia ante los ojos de los que se mueren
de hambre. O bien: no se os ocurrirá desacreditar la lucha de clases ante los
ojos de unos pueblos que ni siquiera han tenido derecho a su revolución
burguesa. O bien: no se os ocurrirá desacreditar la reivindicación feminista e
igualitaria ante los ojos de todas aquellas que ni siquiera han oído hablar de
los derechos de la mujer, etc.
¡Si no os gusta la
realidad, no se la quitéis de la cabeza a los demás! Es una cuestión de
moral democrática: no hay que desesperar
a Billancourt. Nunca hay que desesperar a nadie.
Detrás de estas
intenciones caritativas se oculta un profundo desprecio. En primer lugar, en el
hecho de instituir la realidad como una especie de seguro de vida o de
concesión perpetua, como una especie de derecho del hombre o un bien de consumo
corriente. Pero sobre todo empujando a la gente a poner únicamente su esperanza
en las pruebas visibles de su existencia: al atribuirles este realismo chato,
se les toma por ingenuos y por débiles mentales. Hay que decir en descargo de
los propagandistas de la realidad que este desprecio comienzan a
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